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TEMAS DE HISTORIA
25. Economia y sociedad del siglo XVII
 

 

Introducción.

El Tema aborda los caracteres economicos y sociales de la crisis del siglo XVII.

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1. La evolución demográfica

Desde el punto de vista demográfico, el siglo XVII es un periodo de estancamiento y regresión. Los primeros signos de crisis aparecen en Castilla en la década de 1590, y se prolongaron durante la primera mitad del siglo. Pero a partir de 1650 comenzó un lento proceso de recuperación. Al terminar el siglo XVII había una población de entre 7 y 8 millones de habitantes para todos los reinos españoles, algo inferior a la que había en 1600, aunque es difícil dar una cifra exacta.
La depresión demográfica no fue uniforme. Actuó de forma especial sobre la Meseta, en donde muchos núcleos rurales fueron abandonados. También se despoblaron muchas ciudades. El descenso de población fue igualmente acusado en la Baja Andalucía, en Extremadura y en el reino de Aragón.
Por el contrario, las zonas periféricas, como Cataluña, Valencia, la costa Cantábrica o Murcia, aunque acusaron el descenso, se recuperaron en la segunda mitad del siglo. En ellas la población tendió a concentrarse en las ciudades más importantes. El crecimiento de la población catalana fue especialmente significativo en las dos últimas décadas.
Las causas de la crisis demográfica son diversas. Estuvo, en primer lugar, la incidencia de las graves epidemias, sobre todo de la peste, que se presentó en forma de oleadas periódicas. Algunas de ellas tuvieron especial gravedad, como la de 1598-1602, que afectó sobre todo al norte peninsular y provocó cerca de 500.000 muertos.
Un segundo factor fue la crisis económica, que se tradujo en hambrunas y mortandades. La caída del comercio con el norte de Europa y con América también explica el descenso de población de algunas ciudades artesanales y portuarias, como Sevilla, Segovia o Cuenca. A ello se sumó la incidencia de la guerra, sobre todo a mediados del siglo, cuando se comenzó a hacer reclutas forzosas y algunas zonas, como la frontera con Portugal o Cataluña, se convirtieron en teatro de las operaciones militares.
La expulsión de los moriscos en 1609 tuvo una incidencia importante, sobre todo en los reinos de Valencia y Aragón, de donde emigraron la mayoría de ellos. Mientras que Valencia fue recuperando su población Aragón ya no pudo hacerlo, a causa de las duras condiciones señoriales, que no favorecían la llegada de nuevos colonos a las tierras abandonadas por los moriscos.

2.La crisis agraria

La caída demográfica está íntimamente relacionada con el descenso de la producción agrícola. La falta de mano de obra llevó a dejar sin cultivo las tierras menos productivas, al tiempo que la presión fiscal de la Corona y de los grandes señores empujaba a muchas familias a abandonar las zonas agrícolas. Hubo una sucesión constante de ciclos de malas cosechas, que entre 1630 y 1680 se suceden cada ocho o diez años, de forma continuada, y que provocaron la falta de alimentos, la subida de los precios de los cereales y el hambre entre la población.
Sólo a partir de la década de 1680 se inicia una recuperación agrícola, más intensa en aquellas zonas en las que se había emprendido una cierta especialización de cultivos: se introdujo el maíz en la costa cantábrica, aumentó la producción olivarera en el sur y se extendió el viñedo en Andalucía, Rioja y, sobre todo, Cataluña, en donde buena parte de la producción se destinaba a la exportación.
También hubo una fuerte caída de la producción lanar. La cabaña ganadera de la Mesta pasó de 3 a 2 millones de cabezas a lo largo del siglo XVII. La guerra contra los holandeses, primero, y más tarde contra Inglaterra, provocó una drástica caída de la exportación de lana, y aunque en la segunda mitad del siglo la producción aumentó, no llegó a alcanzar las cifras del siglo XVI.

3. La producción artesanal

La artesanía también acusó los efectos de la crisis. Aunque no afectó a todos los sectores, sí golpeó a los de mayor peso: el textil, la metalurgia y la construcción naval, por lo que las consecuencias fueron graves: pérdida de empleos, atraso tecnológico y dependencia de productos extranjeros.
La producción de paños de las ciudades de la Meseta experimentó una caída progresiva desde finales del siglo XVI. La disminución de la capacidad de compra entre campesinos y trabajadores urbanos, sumadas a la competencia de los paños extranjeros, provocaron la desaparición de numerosos talleres. Estaba, además, la resistencia de los gremios a las innovaciones y la competencia de los mercaderes fabricantes de paños, comerciantes que entregaban la materia prima a los campesinos para transformarla y que competían contra los talleres urbanos sacando la producción a las zonas agrarias.
La producción minera y la fabricación de hierro mantuvieron su prosperidad durante las primeras décadas del siglo XVII, en parte gracias a la demanda de armas para el ejército.
Pero la competencia extranjera y la falta de desarrollo técnico, unidas a los precios poco competitivos, hicieron que poco a poco disminuyera la producción y muchas ferrerías desaparecieran, sobre todo las del País Vasco.
Lo mismo ocurrió con la construcción naval, que se mantuvo pujante durante la primera mitad del siglo gracias a la demanda de barcos para la carrera de Indias y para la armada.
Pero las guerras europeas dificultaron la llegada de pertrechos navales (madera, cordaje, velas) que se traían del Báltico, por lo que los precios se dispararon. Además, se siguieron construyendo enormes y lentos galeones, en una etapa en la que los comerciantes preferían los barcos más ligeros y rápidos que ofertaban los astilleros holandeses y británicos. En la segunda mitad del siglo casi todos los barcos del comercio de Indias eran fabricados fuera de España, y la floreciente industria naval cántabra había entrado en una fase de fuerte decadencia.

4. La evolución del comercio

Se puede decir que la producción agrícola y artesanal se destinaba, en un noventa por ciento, al autoconsumo o, todo lo más, a un mercado de un radio máximo de diez o veinte kilómetros. La deficiente red de caminos, la falta de ríos navegables (salvo el Guadalquivir y el Ebro) y la escasa cantidad de moneda en manos de campesinos y trabajadores hacían imposible un comercio más expansivo. Por si fuera poco, todo el
I territorio peninsular continuaba plagado de aduanas que separaban entre sí a cada uno de los reinos, y a veces a partes de ellos, como entre Castilla, Vizcaya y Navarra. El resultado era un encarecimiento de los precios que únicamente podían afrontar los productos de lujo, que no suponían más del 1% del total de la producción.
Sólo el abastecimiento de las grandes ciudades y el comercio marítimo justificaban importante operaciones comerciales. Los comerciantes y banqueros se concentraban en las ciudades costeras, sobre todo en Barcelona, Valencia, Sevilla, Lisboa y Bilbao. Un lugar destacado lo ocupaba el comercio con las colonias, que aún era monopolio efectivo de Castilla y que atraía la actividad de numerosas compañías asentadas en Sevilla.
El volumen del comercio, no obstante, se resintió de forma notable a lo largo del siglo XVII. La situación de guerra convertía a los barcos mercantes en objetivo del enemigo y de los corsarios. Además, la piratería aumentó de forma espectacular, sobre todo en las costas de América.
Un segundo motivo de la crisis comercial era la constante manipulación de la moneda. Los gobiernos recurrieron a fabricar moneda de vellón, sin plata o con muy poca mezcla, reservando ésta para sus gastos militares en las guerras europeas. El resultado fue una devaluación continua de la moneda, que sembró la desconfianza y provocó subidas bruscas de los precios cada vez que una nueva emisión de vellón entraba en circulación. Los comerciantes comenzaron a exigir moneda extranjera para cobrar sus ventas. Además, en la larga etapa bélica de los años que van de 1630 a 1665 fue frecuente que la Corona confiscara la plata que se traía de América, lo que produjo un aumento del contrabando para ocultar la plata traída de las colonias.

5. El giro en la economía colonial

Pero las razones principales de la decadencia comercial hay que buscar- .
las en el cambio que se produjo en la economía americana. A partir de finales del siglo XVI, tanto en Nueva España como en el Pero la falta de mano de obra llevó a sustituir las encomiendas por el sistema de haciendas y plantaciones, grandes propiedades trabajadas por hombres libres, pero también por esclavos. Aumentó la producción agrícola y artesanal, y comenzó a desarrollarse el intercambio interno de productos, pese a las prohibiciones de las autoridades españolas, que lógicamente no querían una economía interna americana independiente de la peninsular. Cada vez más, América se autoabastecía de numerosos productos, lo que hacía descender las importaciones de alimentos y manufacturas españolas.
Además, se produjo una caída progresiva de la producción de plata, de tal forma que las remesas que se enviaban a la Península fueron disminuyendo de forma considerable a partir de la década de 1620.
Por otro lado, estaba la competencia extranjera. Desde comienzos del siglo XVI se agudizó la penetración de comerciantes extranjeros en América. Las autoridades americanas poco podían hacer para impedirlo, porque no tenían medios para controlar toda la costa, y además los barcos holandeses, ingleses y franceses traían productos necesarios para los colonos. Las guerras incentivaron el contrabando, porque no sólo se cuestionó el monopolio español, sino que la introducción directa de mercancías se convirtió en una forma de guerra comercial que perjudicaba a la monarquía española y
fue promovida por los gobiernos europeos.
El gobierno español comenzó a admitir, por irremediable, la presencia europea en América, pero también en los puertos españoles, pese a que sucesivas órdenes y pragmáticas pretendían prohibirla o restringirla. En las décadas finales del siglo XVII la mayor parte de los barcos, mercancías y comerciantes que hacían la carrera de Indias procedían de Holanda, Francia e Inglaterra.

6. Arbitrismo y mercantilismo

La economía peninsular estaba basada en un sistema de producción dependiente. Se exportaban, básicamente, alimentos y materias primas: aceite, vino, arroz, aguardientes, lana. A cambio, se importaban manufacturas: paños, pertrechos navales, papel, productos de lujo, etc. Como el valor de las importaciones era mucho más alto que el de las exportaciones, la diferencia se tenía que cubrir con la plata que venía de América. Además, Castilla se convirtió en un mercado de tránsito de productos europeos hacia América y de productos coloniales hacia el continente europeo. El resultado fue que la riqueza de las colonias no se quedaba en la Península.
Los problemas que presentaba la economía peninsular y los derivados de la creciente competencia extranjera fueron analizados y denunciados por los Consejos de gobierno, por las Cortes y por expertos independientes, llamados arbitristas. Éstos denunciaban la excesiva presión fiscal, los abusos señoriales, la falta de inversión de los estamentos privilegiados, la manipulación de moneda y, sobre todo, insistían en la necesidad de que los monarcas iniciaran una política de paz que permitiera recuperarse a una Castilla sumida en un siglo largo de guerras europeas. Pero todas sus recomendaciones caían en saco roto ante la obsesión de los Austrias y de sus consejeros por la política de prestigio y de mantenimiento a toda costa de la herencia recibida.
Los arbitristas, al hilo de las temías mercantilistas que comenzaron a extenderse en Europa durante el siglo XVII, recomendaban la restricción de las importaciones de manufacturas y la protección de la artesanía. Pero, aunque se dictaron varias disposiciones que prohibían la importación de manufacturas y el uso de productos de lujo, las necesidades de la guerra impidieron en la práctica que se aplicaran.
Sólo a finales del siglo XVII, los ministros de Carlos 11 emprendieron una auténtica, aunque tímida, política mercantilista. En 1680 realizaron una drástica devaluación de la moneda. También promovieron el establecimiento de nuevas industrias y la llegada de técnicos extranjeros, e intentaron reducir los gastos de la corte y, con ellos, los impuestos. Pero, aunque hubo síntomas de recuperación, al terminar el siglo la situación de la economía española continuaba siendo de estancamiento y dependencia exterior.

7. La evolución social. Los estamentos privilegiados

La sociedad española del Barroco siguió siendo una sociedad estamental, marcada por los privilegios de nobles y eclesiásticos, y por la aspiración de quienes eran plebeyos al ascenso social.
La aristocracia aprovechó la debilidad de la Corona durante este siglo para recuperar su preeminencia política, su influencia y el dominio señorial mediante la compra de nuevas jurisdicciones y la presión sobre los campesinos. La crisis económica y la constante subida de precios del siglo XVI habían hecho disminuir sus ingresos, al tiempo que el derroche y el lujo de su elevado tren de vida hacían que, en algunos linajes, la situación financiera fuera bastante difícil.
A pesar de ello, todos los grupos sociales aspiraban al ennoblecimiento. Quienes acumulaban fortuna en la producción artesanal o en los negocios adquirían tierras y señoríos. A continuación fundaban un mayorazgo y solicitaban un título o compraban una hidalguía. Otras veces entraban en la nobleza a través del matrimonio.
Los monarcas del XVII recuperaron la costumbre de conceder mercedes por los servicios prestados a la Corona. Eso significaba otorgar títulos a plebeyos, pero también aumentar el número de Grandes y Títulos de Castilla, lo que provocaba las protestas de los linajes que habían recibido tal distinción en tiempos de Carlos V, celosos de preservar su exclusivismo social.
Ser noble implicaba la exención de impuestos y una serie de preeminencias sociales y judiciales, pero también traía consigo el abandono de las actividades mercantiles, que se consideraban impropias de la nobleza de sangre. Pese a las órdenes reales, que permitían a los nobles invertir su dinero sin menoscabo del prestigio, eran pocos los que lo hacían.
En cuanto al clero, siguió aumentando a lo largo del siglo XVII. Era una buena salida para los hijos segundones de la nobleza y de los grupos sociales enriquecidos, que ascendían directamente a los puestos más altos de la jerarquía. Para las clases populares, el ingreso en el sacerdocio o en un convento garantizaba unos ingresos mínimos, así como el disfrute de los privilegios jurídicos, fiscales y sociales del estamento. Eso explica la falta de vocación y el bajo nivel de formación de buena parte de los clérigos, continuamente denunciada.
La Iglesia mantuvo, en conjunto, su riqueza: poseía en torno a la sexta parte de las tierras cultivables (a menudo las mejores de cada comarca) y entre un 30% y un 50% de los inmuebles urbanos. Además de las rentas, percibía el diezmo de las cosechas pagado por todos los campesinos, y también los ingresos procedentes de misas, administración de sacramentos y donaciones múltiples, especialmente lucrativas en una sociedad muy sensible a las obras benéficas. El reparto
de tales rentas era muy desigual, y las diferencias entre diócesis y, dentro de cada una, entre las parroquias podían ser abismales.
A cambio, la Iglesia suministraba, a través de fundaciones, hospitales y colegios, una serie de servicios de asistencia social que el Estado de la época no cubría. Además, participaba en el sostenimiento de la monarquía y del esfuerzo de guerra mediante una serie de contribuciones voluntarias que, en conjunto, significaban una aportación decisiva a los ingresos de la Corona.


 

   
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