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1.
EL INICIO DEL REINADO DE FELIPE IV
Hijo
de Felipe III, Felipe IV asumió el trono, a la muerte de
su padre en 1621, meses después de que la defenestración
de Praga iniciará la guerra mas devastadora de la Europa
moderna, la Guerra de los Treinta años.
Su carácter, propio de la familia, taciturno, inestable
y débil, no era el adecuado para los tiempos a los que
hubo de enfrentarse.
Nada mas subir al trono concluía el periodo de vigencia
del Tratado de Londres, con lo que las hostilidades con Inglaterra
pronto se reabrirían, tanto por el enfrentamiento de ambos
por la hegemonía europea, como por el control del comercio
americano.
También terminaba la tregua de los 12 años lo que
reabría la posibilidad de guerra con Holanda. En los Países
Bajos el deseo de independencia no se había quebrado por
el periodo de paz. En España los partidarios de la guerra
estaban reafirmados en sus posiciones por la amenaza que una nueva
potencia representaba para las posiciones Habsburgo en el centro
de Europa, y por que el envalentonamiento holandés se traducía
en continuas intromisiones y ataques a las colonias, especialmente
portuguesas.
Precisamente esto ultimo dejaba abierto al joven rey un nuevo
frente, el deseo portugués de independencia, tras ver la
escasa rentabilidad de ser español, Castilla no les protegía
de los Holandeses, sus guerras perjudicaban su comercio y sus
instituciones estaban copadas por castellanos.
2.
LA UNION DE ARMAS DE OLIVARES
El
nuevo monarca entregó desde el principio la dirección
del gobierno a su favorito, D. Gaspar de Guzman y Pimentel, conde-duque
de Olivares, quien actuó durante veinte años en
plena armonía con el rey, sin apenas discrepancias.
A diferencia de otros validos, Olivares quería el poder
para gobernar. Su programa político no era muy novedoso
en cuanto a sus objetivos: mantener la herencia dinástica
y la reputación de la Monarquía, la hegemonía
europea.
Eso implicaba, como de costumbre, supeditar los intereses de los
reinos y la sociedad a los intereses expansionista de la monarquía,
esto es a las necesidades diplomáticas y militares del
rey.
Para conseguir los recursos necesarios, Olivares emprendió
una reforma de la administración, que si resulto novedosa.
El planteamiento era que la guerra exigía recursos y para
ello se precisaba el resurgir de la economía y el aumento
del poder real. Así, recuperó parte de las mercedes
de los partidarios de Lerma y recortó gastos en la corte.
También intentó evitar las emisiones de vellón
y proteger la producción artesanal, medidas todas ellas
arbitristas.
Pero la reforma más importante fue el proyecto de la Unión
de Armas, que pretendía obligar a todos los reinos a contribuir
a la defensa de la monarquía, y de esa forma fortalecer
el poder absoluto del rey. Olivares presentó el proyecto
en 1625, y en él proponía un ejército permanente
compuesto de contingentes de cada reino, en función de
la población y riqueza de cada uno de ellos. Además
aumentar el poder real a costa de los fueros y crear unas cortes
que expresaran la voz de los reinos y favoreciesen la uniformización
y la coordinación de toda la monarquía.
Sin embargo, la idea suscitó una fuerte resistencia de
los reinos, los cuales alegaban que sus fueros impedían
el envío de soldados fuera del territorio, así como
la situación de penuria económica. Las Cortes se
enfrentaron a la Corona, sobre todo en Cataluña, donde
incluso se negaron a aprobar nuevos servicios. Aunque la Unión
de Armas se puso en marcha en Aragón y Valencia, finalmente
resultaría un fracaso. De igual modo, la nobleza veía
en Olivares una mezcla de visionario que con sus ideas podía
hacer peligrar la monarquía y ambicioso que podría
acabar con el poder del estamento en beneficio de su clan.

3. LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS
En
medio de este contradictorio escenario la corona
desarrollo su drama en una pavorosa guerra, en la quedemos enmarcar
el ocaso de los Habsburgo (básico 17). tras la Defenestración
de Praga, España entro en guerra en centroeuropea en apoyo
de Austria, gobernada por el primo del rey, y amenazada por la
rebelión de los príncipes protestantes. La intervención
española en la guerra encendió la alarma en Europa
ante el miedo a la expansión de España como en tiempos
de Carlos. Ello unido al final de la vigencia de la Tregua de
los 12 años y del Tratado de Londres y a los problemas
a que antes aludíamos con Holanda y Portugal hacía
imposible el cualquier acuerdo. Se iniciaba así un periodo
de guerra que se iría complicando y se extendería
durante medio siglo.
Poco después Dinamarca e Inglaterra entraban en la guerra
del lado de los protestantes.
Durante los primeros años de la guerra, los Habsburgo llevaron
la iniciativa en Europa y consiguieron mantener el control sobre
buena parte de Alemania y sobre el camino español, el rosario
de Estados que unían España con los Países
Bajos. Así, en la década de los 20 Felipe IV consiguió
una serie continuada de victorias: rechazo la invasión
danesa en Alemania, conquistó Breda (en Flandes), derrotó
a la armada inglesa enviada contra Cádiz y liberó
Génova, asediada por los franceses. La euforia se apoderó
del gobierno de Olivares, cuyas exigencias hicieron imposible
llegar a un acuerdo con los holandeses, pese a la insistencia
de algunos de los consejeros.
En 1626, perdía esa gran oportunidad, la guerra cambió
de rumbo. Ese año apenas llegó plata, y al año
siguiente la Corona anunció una nueva suspensión
de pagos, que obligó a renegociar la deuda. En 1628 se
produjo la captura de la flota de la plata por la armada holandesa
en Cuba. Era la primera vez que esto ocurría y el impacto
fue tremendo, no sólo porque dejaba a Felipe IV sin fondos,
sino también porque los holandeses aprovecharon la plata
para contraatacar en Flandes.
En 1629 estalló un nuevo conflicto, la guerra de Mantua,
entre Francia y España, por la herencia del ducado. El
fracaso de los tercios condujo en 1631 a la firma de la paz y
a una retirada humillante para la Corona española.
En 1632 se produjo la entrada de Suecia en la guerra a favor de
los protestantes. Los suecos ocuparon Baviera, el Estado católico
más importante aliado de los Habsburgo. La reacción
de éstos fue igualmente contundente: Madrid y Viena restablecieron
su alianza militar, y en 1634 el ejército católico
derrotó a los suecos en Nordlinguen.
Fue un espejismo, además la victoria alarmo aun más
a los europeos ante la prepotencia y el poderío español.
Nordlinguen, llevó a la entrada de Francia en la guerra,
en 1635. El valido de Luís XIII, el cardenal Richelieu,
no estaba dispuesto a permitir que los territorios españoles
bordearan por completo la frontera francesa.
Pronto la guerra dio un giro en contra de España. En 1637
los holandeses recuperaron Breda, y dos años más
tarde tuvo lugar la decisiva derrota naval de las Dunas, donde
la armada española fue destrozada por los holandeses.
4.
LA CRISIS DE 1640
La
derrota dio alas a los descontentos, incluso en España.
La monarquía estaba arruinada, el esfuerzo militar había
aniquilado a España financiera, económica y demográficamente.
Al descontento de la población se unió el de los
reinos más díscolos, como Portugal, Nápoles
o Cataluña, que veían amenazadas sus economías
y sus fueros, y que veían en la derrota el momento de debilidad
propicio para conseguir la independencia.
Así, en 1640 se inicia un rosario de rebeliones de la nobleza
y de los reinos. La sociedad clama contra el agotamiento económico,
el pueblo contra las levas constantes, los reinos contra el derrumbe
político, la aristocracia se rebela (Andalucía y
Aragón) o abandona la corte oponiéndose al creciente
autoritarismo de Olivares. El clima de enfrentamiento fue especialmente
grave en Cataluña, donde el valido había fracasado
de nuevo en su intento de implantar la Unión de Armas.
Tras la entrada en guerra de Francia, la presencia de tropas castellanas
acentuó la tensión, y en 1640 estallaron motines
entre los campesinos de Gerona y los soldados que guardaban la
frontera.
El día del Corpus Christi los segadores entraron en Barcelona,
y el motín terminó con el asesinato del virrey y
la huida de las autoridades. Era el Corpus de sangre, la rebelión
catalana. las cortes fueron disueltas y una junta se hizo con
el principado. Ante la intervención de tropas castellanas
el nuevo gobierno determino aceptar la soberanía de Francia.
Un ejército francés entró en Cataluña,
derrotó al castellano en Montjuich y en 1642 conquistó
el Rosellón y Lérida.
En diciembre de 1640, mientras tanto, estallaba el levantamiento
en Portugal. Los portugueses llevaban muchos años soportando
la invasión holandesa en sus colonias sin que hubiera ayuda
alguna por parte castellana. Rechazaban, además, la presencia
de los castellanos en el gobierno del reino, así como los
perjuicios que la guerra ocasionaba al comercio luso, vital para
su economía. No veían, pues, ventaja alguna en continuar
bajo la soberanía de los Habsburgo. Por eso la rebelión
se extendió rápidamente, en torno a la casa de Braganza.

5.
LA PAZ DE WESTAFALIA Y EL FINAL DEL REINADO
Las
derrotas y las rebeliones doblegaron la voluntad del rey. Ordeno
a Olivares que abandonara su cargo y marchara de Madrid e inicio
las negociaciones con los protestantes. La monarquía, en
un último esfuerzo había conseguido controlar entre
1643 y 1648 parte de Cataluña restableciendo su autoridad
en Napoles y Sicilia.
Pero la frustrante derrota ante los franco holandeses en Rocroi,
impulsaron el definitivo tratado de paz.
En 1648, finalmente, los países en guerra, agotados, acordaron
un alto al fuego, que acabó cristalizando en el congreso
de paz de Westfalia. En él se consolidó el mapa
religioso alemán y se reconocieron las conquistas de algunos
principados frente a los Habsburgo. Francia obtenía varios
de los territorios conquistados a los españoles. En el
acuerdo firmado en Munster con los holandeses, Felipe IV reconocía
la independencia de las Provincias Unidas y admitía las
posiciones conquistadas por ellas en las colonias portuguesas,
aunque se negaba a admitir el libre comercio en sus propios territorios
americanos. Ese trato discriminatorio no hizo sino acentuar el
abismo que separaba a Portugal de la monarquía española.
Además de las compensaciones financieras y territoriales,
Felipe concedía a las potencias el navío de asiento,
que permitía a estas comerciar en sus colonias, rompiendo
el monopolio colonial propio de los sistemas mercantilistas.
6.
LOS ULTIMOS AÑOS DE FELIPE IV
La
paz con los holandeses permitió retirar las tropas de los
Países Bajos y enviarlas a Cataluña. En 1652 las
tropas castellanas entraron en Barcelona. Al fin de la rebelión
contribuyeron el cansancio, los efectos de la peste y el descontento
que la soberanía francesa había suscitado en Cataluña.
Para Francia el principado sólo había sido una fuente
de recursos fiscales y un frente secundario, idóneo para
distraer a las fuerzas castellanas. La actitud de Felipe IV de
evitar represalias generalizadas y de respetar los fueros catalanes
facilitó la pacificación.
La guerra con Francia y Portugal continuaba, cuando en 1654 se
abrió un nuevo frente, al exigir Inglaterra la apertura
de las colonias de América al libre comercio. Sin previa
declaración de guerra, la armada inglesa atacó los
puertos del Caribe y, aunque no pudo tomarlos, los ingleses se
apoderaron de Jamaica en 1655. En los años siguientes,
franceses e ingleses coordinaron sus operaciones. Una serie de
derrotas sucesivas, incluida la captura de la flota de la plata
en dos ocasiones, llevaron finalmente a Felipe IV, sin recursos
y con los reinos agotados, a aceptar la negociación.
La Paz de los Pirineos de 1659 ponía fin a la guerra con
Francia, a la que se cedían el Rosellón y la Cerdaña
y algunas plazas de los Países Bajos. Además, se
pactaba el matrimonio de una infanta española con Luís
XIV (origen de la llegada de los borbones al trono a fines de
siglo, con Felipe V).
Felipe IV concentró todo el esfuerzo de guerra en intentar
recuperar Portugal. Pero ya era tarde: los portugueses habían
afianzado su independencia y en 1661 firmaron una alianza militar
con Inglaterra. Se sucedieron nuevas derrotas frente a los portugueses
hasta que en 1668, ya en el reinado de Carlos II, se firmó
la paz definitiva, con el reconocimiento de la independencia de
Portugal.
7.
LA CRISIS DE LA MONARQUIA DE LOS HABSBURGOS
La
crisis de la monarquía española de los Habsburgo
se inicia bajo el reinado de Felipe II, motivada por el agotamiento
militar y la crisis económica asociada al modelo económico
(depredador) y a la revolución de los precios. Sin embargo,
el fenómeno se desarrolla principalmente durante el siglo
XVII. Son varios los motivos:
-
La crisis demográfica motivada por la expulsión
de los moriscos, las epidemias, las levas y la emigración.
- La crisis económica asociada a la inflación, la
baja producción, la crisis agraria del XVII, el escaso
mercado e inversión, la decadencia de la manufactura (
por las causa anteriores) y el colapso del comercio, en parte
por los precios, en parte por la caída de la producción
y en parte por las guerras que afectaban a las líneas comerciales.
- La decadencia política. La falta de reyes de carácter,
la falta de proyecto político, la insolidaridad de los
reinos y el fracaso de las reformas (arbitristas y Unión
de Armas).
- La crisis de 1640. Primero por la derrota en la Guerra de los
Treinta años ante las potencias protestantes y Francia,
y el subsiguiente tratado de Westfalia, (que nos hizo perder territorios,
provoco el navío de asiento y multiplico el déficit
de la corona), y después por las rebeliones internas que
se produjeron aprovechando esa coyuntura de debilidad del rey
y que pretendían afianzar los privilegios territoriales
y acabar con los planes de Olivares. Ello provocaría un
importante conflicto civil de desgaste y la perdida de territorios
como Portugal.
La
crisis de prolongaría durante el reinado de Carlos II,
en al ámbito económico, donde los validos de fines
de siglo poco pudieron hacer, y en el militar donde el rey cosecharía
continuos fracasos ante Holanda y Francia que ratificarían
en los Tratados de Riswyck y Los Pirineos nuevas perdidas territoriales.
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