| |
1.
EL REINADO DE FELIPE III

A
la muerte de su padre, en 1598, subió al trono Felipe III,
a la postre un hombre joven, inexperto, indolente, despreocupado,
irresponsable y dotado de pocos valores personales y de gobierno
aunque, eso si, amante de las fiestas y los goces mundanos.
Ante tan cúmulo de desgracias, y con un país muy
tocado por el conflicto holandés y el desgaste de las guerra
expansivas optó por confiar el gobierno a un noble de su
plena confianza, el duque de Lerma, miembro del grupo de cortesanos
que compartían con él su tiempo, pero que tampoco
tenia experiencia de gobierno. había nacido el sistema
de validos. La confianza del monarca aumento en este personaje,
hasta el punto de ordenar en 1612 a todos los consejos e instituciones
que obedecieran las órdenes del duque como si fueran firmadas
por él.
Con dos personajes así al frente del país, su reinado
careció de un programa político coherente, dedicándose
Lerma a satisfacer sus intereses personales, ante la parálisis
del país.
En política internacional la característica fue
la paz, motivada por la incapacidad de ingleses y españoles
para imponerse y por el agotamiento financiero de España,
más que por su convicción de la necesidad de la
Paz. Sin embargo, el periodo no seria aprovechado para el saneamiento
del país, ante la ineficacia y corrupción de la
administración.
En 1604 el Tratado de Londres puso fin a veinte años de
guerra con Inglaterra, lo que permitía pacificar las rutas
hacia América y socavar el apoyo extranjero a los holandeses.
Sin apoyo exterior, y con el formidable ejercito español
enfrente, los rebeldes holandeses sufrieron serios reveses, que
no pudieron aprovecharse por la falta de fondos, que paralizaba
el avance cada vez que se disponía de ventaja frente al
enemigo y provocaba el amotinamiento de las tropas. Además,
en el mar eran los holandeses quienes tenían la iniciativa.
Ante ellos, España impulso conversaciones de paz que concluyeron
en 1609 con la firma de la Tregua de los Doce Años, que
significaba el reconocimiento diplomático del Estado holandés,
por más que no se declarara formalmente.
A parte de la ineficacia del gobierno, la raíz de estas
decisiones se encontraba en el agotamiento de la Hacienda. En
1599 se había comenzado a emitir moneda de vellón,
lo que afectó a los precios y al comercio, y en 1607 la
Corona se declaró en bancarrota.
Serenadas las cosas en el exterior, Lerma y su soberano decidirían
poner en marcha en 1609 la operación naval de expulsión
de los moriscos, sobre los que pesaban sospechas de deslealtad.
Y ello, por que pese a su dispersión y control tras la
Guerra de las Alpujarras, la minoría morisca había
permanecido impermeable, en su gran mayoría, a los intentos
de cristianización que las autoridades civiles y eclesiásticas
habían emprendido. El aislamiento, el mantenimiento de
sus costumbres, su crecimiento demográfico superior al
de los cristianos y las sospechas de su contacto con turcos y
bereberes hicieron crecer el odio popular y la convicción
del gobierno de lo popular de la decisión de expulsión.
Tranquilizada la situación internacional, se planifico
una gigantesca operación logística para enviarlos
al norte de África. La expulsión se aplico a todos,
incluso a los conversos, pese a sus protestas e incluso motines.
La Península perdió casi medio millón de
almas, lo que afectaría, y así lo hizo saber la
nobleza, al trabajo en el campo, al perder los señoríos
aragoneses un tercio de sus obedientes siervos. Se tardó
mucho en repoblar las tierras, a causa del vació demográfico
y sobre todo por la dureza del régimen señorial.
Otro problema fue la queja permanente del reino de Aragón
ante la situación fiscal y económica de la monarquía,
y el creciente autoritarismo de los gobernadores castellanos,
que ellos veían como una amenaza a sus privilegios y autonomía.
En medio de todo ello, las pruebas de la corrupción y el
robo de Lerma se hicieron tan palpables, que el rey se vio obligado
a retirarle del gobierno. Para ello, Lerma se había hecho
nombrar Cardenal, a fin de evitar la acción de la justicia,
y colocado como valido a su hijo, el duque de Uceda, aunque con
los poderes mucho más recortados.
Justo en ese momento, estallaba uno de los conflictos mas devastadores
de la historia europea, la guerra de los 30 años, a la
postre el fin del imperio.
2. LOS VALIDOS
Es
una práctica política común en la España
y Europa del XVII, consiste en delegar por el rey, parte de su
poder en un hombre, generalmente aristócrata, siguiendo
un criterio de confianza personal. El valido representaba la dejación
de autoridad del rey, en estados muy complejos de gobernar ya
en aquella época., y en un siglo en el que los Habsburgo
demostraron muy pocas capacidades de gobierno y muy poco interés
por asumir sus responsabilidades.
En España, intentaron un gobierno personalista, tomando
decisiones al margen de los consejos, que eran los titulares de
la administración del estado. Para ello se apoyaban en
juntas, comisiones formadas por sus partidarios, con el fin de
agilizar y soslayar el control de la nobleza tradicional. Sin
embargo, solo consiguieron aumentar la corrupción (venalidad
y nepotismo) y sumir a la administración en un juego de
intereses e intrigas. Los más atrevidos aprovecharon el
apoyo del rey para controlar la concesión de cargos, pensiones
y mercedes de todo tipo, que canalizaron hacia sus familiares
y sus propios favoritos.Desde el poder, apartaban a sus enemigos
y colocaban en los puestos más importantes a hombres de
su confianza. La oposición a los validos la encabezaron
los letrados que formaban los Consejos, y los miembros de la aristocracia
que eran apartados de la Corte por formar parte de facciones enfrentadas
al valido de turno.
En la época de Felipe III destaco sobremanera la figura
de Duque de Lerma, que mantuvo una actitud de apaciguamiento frente
a los reinos de España y de tregua frente a las potencias
europeas. Es conocido por la expulsión de los moriscos
de 1609. En la mayoría de los casos fueron negativos y
desprestigiaron a la institución monárquica. Tan
solo Olivares, impulsor de un ambicioso programa de reforma, y
los últimos validos de Carlos II (Oropesa y Medinaceli),
desarrollaron políticas positivas, casi siempre arbitristas.
Los validos fueron conscientes que España era un conjunto
de reinos con instituciones y leyes diferentes, a las que sólo
la Corona unía. Los intentos que se realizaron para unificarlos
chocaron con los intereses de los estamentos privilegiados y de
los territorios con fueros.
La oposición a los validos la encabezaron los funcionarios
burgueses de los Consejos, y los miembros de la aristocracia que
eran apartados de la Corte por formar parte de facciones enfrentadas
al valido de turno.
Otra novedad politica del periodo fue la venta de cargos (venalidad)
como fórmula para conseguir dinero rápido en situaciones
de emergencia. Apareció ya en reinados anteriores, pero
fue Felipe II quien comenzó a utilizarla de forma alarmante.
Se vendían, sobre todo, cargos de regidores de las ciudades,
escribanías y otros oficios menores, pero también
llegaron a venderse puestos en los mismos Consejos. Quienes compraban
un cargo lo hacían en régimen hereditario, por lo
que el rey cedía en la práctica parte del poder
de nombrar a sus funcionarios. Pese a las protestas que suscitaba
tal práctica, todos los reyes del siglo XVII la mantuvieron.
3.
LA INTRODUCCIÓN DEL ARBITRISMO Y EL MERCANTILISMO
Una
de las características mas acusadas del siglo XVII es la
de la introducción en la vida europea de movimientos renovadores,
como, en el caso de la economía los mercantilistas.
El mercantilismo fue un movimiento económico surgido en
Francia, donde también recibió el nombre del colbertismo.
Los mercantilistas pretendían el fortalecimiento del estado
a través de la economía, su finalidad no era por
tanto mejorar a la población. Para ello defendían
una economía soportada en:
-
la acumulación de oro y plata
- el desarrollo del comercio, especialmente el colonial, protegiendo
en exclusiva sus colonias o ampliándolas.
- fortaleciendo el poder real, tanto político como económico
a través de un mayor intervencionismo, lo que implicaba
imponerse a nobleza y reinos
- mejorar la balanza de pagos reduciendo las exportaciones, para
lo que se defendía una agresiva política fiscal
consistente en cobrar fuertes impuestos aduaneros (aranceles)
a los productos extranjeros.
En
España el mercantilismo era defendido por los arbitristas,
que como hemos dicho pretendían desde el análisis
y la aplicación de reformas sacar al país de su
atraso. Ellos comprendieron que uno de los problemas de la economía
peninsular era un sistema comercial que exportaba materias primas
(aceite, vino, arroz, aguardiente, lana) y se adquirían
productos mucho mas caros, manufacturas ( paños, pertrechos
navales, papel, productos de lujo). El déficit comercial
se cubría con la plata de América, por lo que la
riqueza del imperio colonial acababa en los bolsillos de los banqueros
y los comerciantes europeos.
Estos problemas y la falta de competitividad de la economía
española, así como su endeudamiento, se analizo
por los arbitristas y se denuncio en las instituciones centrales,
por comités de expertos o en las cortes. También
denunciaron la excesiva presión fiscal, los abusos señoriales,
la falta de inversión de los estamentos privilegiados,
la manipulación de moneda y, sobre todo, insistían
en la necesidad de que los monarcas iniciaran una política
de paz que permitiera recuperarse a una Castilla sumida en un
siglo largo de guerras europeas. Pero todas sus recomendaciones
fueron desoídas ante la obsesión de los Austrias
y de sus consejeros por la política de prestigio y de mantenimiento
a toda costa de la herencia recibida.
Los arbitristas, al hilo de las temías mercantilistas que
comenzaron a extenderse en Europa durante el siglo XVII, recomendaban
la restricción de las importaciones de manufacturas y la
protección de la artesanía, el saneamiento fiscal,
la paz en Europa y el incremento del poder real en detrimento
de nobles y reino. Pero, aunque se dictaron varias disposiciones
que prohibían la importación de manufacturas y el
uso de productos de lujo, las necesidades de la guerra impidieron
en la práctica que se aplicaran.
Sólo a finales del siglo XVII, los ministros de Carlos
II emprendieron una auténtica, aunque tímida, política
mercantilista. En 1680 realizaron una drástica devaluación
de la moneda. También promovieron el establecimiento de
manufacturas y la llegada de técnicos extranjeros, e intentaron
reducir los gastos de la corte y, con ellos, los impuestos. Pero
eran pasos pequeños ante la magnitud del problema, por
lo que estas medidas darían frutos en el siglo siguiente
al unirse a las medidas borbónicas, pero no impidieron
que al finalizar el siglo, España se encontrase arruinada.
|