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La Cartuja hecha añicos
Alejandro
Bolaños.
Si
Charles Pickman levantara la cabeza vería roto el proyecto
empresarial que sustenta desde hace más de siglo y medio
una de las fábricas de loza más conocidas de Europa.
Pickman, de una familia de comerciantes de Liverpool, aprovechó
la desamortización de los bienes de la Iglesia dictada
en España a principios del siglo XIX para adquirir en 1839
el monasterio de la Cartuja de Sevilla. Alli instaló una
fábrica en la que la maestría y las materias primas
venían del imperio británico y el trabajo (a bajo
coste) lo ponían los aprendices andaluces. En poco tiempo,
las colecciones de cerámica hechas en Sevilla con diseños
británicos ganaron fama y fueron habituales como objeto
de regalo entre las familias más distinguidas, amén
de ocupar un espacio en el menaje de las principales casas reales.
Pickman-La Cartuja, ya en manos de empresarios españoles,
aguantó con dignidad hasta la segunda mitad del siglo XX,
pero desde hace dos décadas bordea la desaparición,
una amenaza que nunca ha estado más cerca que ahora.
El principio de la pesadilla para los 132 trabajadores empezó
con una carta que les envió el propietario de la firma,
Alvaro Ruiz de Alda (dueño de la firma ceramista asturiana
San Claudio), el pasado 5 de febrero. En ella les ,informaba de
que no había podido afrontar un préstan1o hipotecario
de 1,5 millones de euros con Patrimonio de Rumasa (empresa estatal),
por lo que los terrenos de la fábrica y las instalaciones
(en el municipio sevillano de Salteras desde 1970) habían
pasado a titularidad de la empresa pública. Ruiz de Alda
aseguraba también que Patrimonio de Rumasa debía
hacerse cargo de "los contratos de trabajo de todo el personal".
Pero los empleados, cuando se dirigieron a la Seguridad Social,
comprobaron que les habían dado de baja.
La Delegación del Gobierno central en Andalucía
sostuvo ante los trabajadores qué la cesión de esos
bienes por la ejecución de la garantía hipotecaria
no suponía la transmisión de la empresa. Y les dejó
claro que la patata caliente seguía siendo de Ruiz de Alda.
Durante cuatro meses los trabajadores aguantaron sin salario,
y sin cobrar el paro para no ser considerados despedidos. Sus
protestas ante las, administraciones central y autonómica
dieron sus frutos y ambas se comprometieron a reponer los salarios
perdidos. Y en junio, una sentencia del juzgado de los social
número 11 de Sevilla obligó a Ruiz de Alda a readmitir
a los trabajadores por considerar su baja un despido nulo.
A pesar del respaldo judicial y de las administraciones, presionadas
por el valor histórico de La Cartuja en Sevilla (su colección
de archivos y cerámica fue catalogada en 1998 bien de interés
cultural), la situación de la empresa se ha deteriorado.
Los representantes de Ruiz de Alda anunciaron hace dos semanas
que sólo tienen liquidez para pagar nóminas hasta
finales de mes y agitaron el fantasma de una quiebra. En los últimos
días, los sindicatos y las administraciones han redoblado
los contactos con empresas del sector para realizar una operación
de venta, a la que ahora Ruiz de Alda no pone pega alguna.
Pero la operación es muy compleja. La empresa no ha sido
capaz de reducir la deuda que heredó en 1985 (2,5 millones
de euros) cuando el Gobierno regaló al grupo Invertécnica
la firma tras la expropiación de Rumasa. Ni tampoco de
hacer frente al préstamo hipotecario de 1,5 millones que
ahora ha sido ejecutado. La Seguridad Social ha embargado una
de las marcas por otra deuda y ha impugnado la otra. Es decir.
Ruiz de Alda es el titular de la empresa, pero casi todo lo demás
está ahora en manos del Gobierno central; que está
dispuesto a facilitar la venta. Los representantes del Ejecutivo
no han concretado si están dispuestos a volver a regalar
La Cartuja con la esperanza de que un nuevo propietario acabe
con la sucesión de pésimos proyectos empresariales
(Invertécnica suspendió pagos, el empresario Enrique
Tatay tuvo que afrontar acusaciones de tráfico de drogas)
que, según los sindicatos, rayan lo negligente: un juez
acaba de admitir una denuncia de los trabajadores para investigar
si Ruiz de Alda intentó provocar el cierre de la empresa
para anular las marcas y beneficiar así a otras firmas
de su grupo, que hacen piezas muy similares a las de La Cartuja.
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