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Literatura, filosofía y pensamiento

La filosofia enamorada
Luis Fernando Moreno Clos / Babelia - El Pais, 14/10/2006

 

 


Se cumplen es tos dias cien años del nacimiento de Hannah Arendt. Judía y alemana, alumna y amante de Heidegger. Pasó por un campo de internamiento en Francia cuando huía de la persecución nazi camino de Estados Unidos. Allí escribiría títulos clásicos de la ciencia política como Los orígenes del totalitarismo o La condición humana. Después de asisitir en Jerusalén al jucio del jerarca de la SS Adolf Eichmann, acuñó un concepto que hoy sigue siendo polémico: la banalidad del mal.

Hannah Arendt fue una niña despierta. Hija de una acomodada familia de judíos asimilados, nació en Hannover en 1906, aunque su infancia y adolescencia transcurrieron en Königsberg. Libre de presiones religiosas, descubrió pronto que era "diferente" al ser judía. Su madre, Martha, admiradora de Rosa Luxemburgo e interesada en el feminismo, nunca dejó que se amedrentase por el antisemitismo y le ordenó que si la despreciaban se defendiera. Así lo hizo y logró crecer sin complejos raciales.
Pronto amó la literatura, la poesía y el pensamiento. Goethe, Kant y hasta el aprendizaje del griego clásico para leer a Platón constituyeron un primer bagaje intelectual para "comprender el mundo". Decidió estudiar filosofía ("una carrera para morirse de hambre") con absoluta vocación. Eligió la Universidad de Marburgo. Cursó teología con Bultmann y filosofía con Heidegger. Hannah Arendt quedó fascinada por este profesor apodado "el mago secreto del pensamiento" merced a su nueva manera de filosofar, renovando la metafísica al interpretar bajo nueva luz los viejos conceptos. Heidegger era extravagante y nada convencional; adusto y esquinado; vestía traje de esquí y bronceado por el sol de las montañas a las que se retiraba para pensar. Hannah era una chica elegante y ebria de saber. Heidegger, casado y con dos niños, tenía fama de seductor; Hans Jonas, estudiante también entonces, cuenta en sus Memorias que la propia H. A. le confesó que el mago "había caído de rodillas ante ella" en su despacho. Iniciaron una relación clandestina que es ya célebre en la historia de la filosofía, y aconteció durante uno de los periodos más creativos de Heidegger, que trabajaba en su libro más señero: Ser y tiempo (1925). El Don Juan filosófico florecía exultante con su musa judía. Pero Arendt aborrecía aquella clandestinidad y se alejó cuando comprendió que él no renunciaría ni a su familia ni a su carrera. En efecto, Heidegger, dominado en parte por su esposa, Elfriede, llegó a rector de la Universidad de Friburgo el año en que los nazis accedieron al poder y se afilió al Partido, con la ilusión de que los nuevos amos devolverían el orgullo perdido al pueblo alemán y a la filosofía.

Hannah Arendt abandonó Marburgo para estudiar en Friburgo, con Husserl, y más tarde con Karl Jaspers, en Heidelberg. Con este último, cuya filosofía era distinta de la de Heidegger (centrado más en "el mundo" en vez de en la abstracción de las honduras metafísicas), se doctoró en 1928 con la tesis El concepto del amor en San Agustín. La joven se tomó en serio el análisis del término, el amor al mundo y a la vida, el "nacimiento" y no la muerte (Heidegger) como el principio de todo filosofar.
Con escasa convicción se casó con Günther Stern, ex alumno de Heidegger. Hasta 1933 la pareja malvivió de becas, consagrada a sus trabajos intelectuales. H. A. investigaba la vida de una intelectual judía de la época de Goethe: Rahel Varnhagen, para escribir su biografía. Se sentía identificada con ella al adquirir conciencia de su propia singularidad como intelectual y judía en un ambiente cultural en el que se sabía desplazada por el clima político.
La llegada de los nazis no la sorprendió: "Nuestros enemigos sabíamos de sobra quiénes eran, lo que nos sorprendió fue la reacción de nuestros amigos".

El desprecio a los judíos fue general en la sociedad entera y en la universidad. Alemania se transformó en una loba feroz para disidentes y "diferentes", para cuantos se resistieron a la "uniformización", la nivelación absoluta de todos los ciudadanos bajo ese poder estatal que la propia H. A. definiría años más tarde como "totalitario". Hasta entonces "apolítica", escondió en su casa a sionistas y comunistas, hasta que su vida corrió peligro y abandonó la patria hacia el exilio. París la acogió. Allí ayudó a los refugiados, entre ellos a intelectuales como Walter Benjamin, que le confió algunos manuscritos de sus obras antes de suicidarse. El matrimonio con Stern fracasó; al poco tiempo H. A. conoció a Heinrich Blücher, un comunista autodidacta, el segundo "amor de su vida", con quien se casó en 1941. Cuando Francia fue ocupada, se establecieron en Nueva York. Blücher sería durante treinta años el camarada ideal de la pensadora; con él, que pensaba y discutía sus ideas, creó una pequeña "comunidad de pensamiento" que se extendería a círculos más amplios de amigos como Hermann Broch, Auden o Mary McCarthy.

Los problemas políticos tras la II Guerra Mundial inclinaron a H. A. más que a ser una "filósofa" a convertirse en "pensadora política". Había que cambiar la metafísica por la comprensión del mundo "de aquí". En 1943 se sintió "horrorizada" con las primeras noticias sobre el exterminio judío. Que unos seres humanos puedan liquidar a otros como a ganado, y que estos otros se dejen exterminar debía de tener una explicación. Arendt consagraría el resto de su vida a tratar de explicárselo; también, a plantearse cómo tendrá que actuar un ser moral en un mundo en el que la vida humana es prescindible. ¿Cómo recuperar la confianza en la sociedad civil? De la estupefacción de H. A. ante los crímenes del nazismo, que ella definió por primera vez como "crímenes contra la humanidad", surgió el libro Los orígenes del totalitarismo (1951) y, más tarde, de sus reportajes para The New Yorker sobre el proceso al criminal nazi Adolf Eichmann, el polémico Eichmann en Jerusalén (1963).
Por primera vez una pensadora unía nazismo y estalinismo bajo un mismo concepto: "Totalitarismo", que significa la supresión radical por parte del poder de "la política" (la actividad de los ciudadanos libres para interactuar en el mundo) y, con ello, la instauración como derecho de Estado del desprecio absoluto hacia los individuos, poco menos que objetos prescindibles.

Pero H. A. observó también que la maquinaria totalitaria necesita de asesinos semejantes a Eichmann, de seres incapaces de pensar, no malvados en sí, sino "banales", grises y mediocres para funcionar a pleno rendimiento. Estos "funcionarios del mal" son eficaces en la tramitación del exterminio dada su fidelidad al Estado. Los crímenes son horrendos y los criminales, banales, tipos incapaces de pensar, ya que "pensar" implica tener imaginación para ponerse en el lugar del otro. En definitiva, el pensamiento es también cáritas, amor mundi, y entraña un compromiso "moral". Ahora bien, quien piensa debe rebelarse frente a la opresión. Las "víctimas", en la medida en que puedan, tienen que ofrecer resistencia. H. A. fue malinterpretada en este sentido por su beligerancia.
Periodista e intelectual reconocida en todo el mundo -impartió clases en Berkeley, Princeton y Harvard y fue galardonada con múltiples premios internacionales-, fue conferenciante en Europa. En 1950 perdonó a Heidegger su pasado nacionalsocialista, pues los verdaderos nazis (los asesinos) se habían mofado de su nacionalismo trasnochado. Él no leyó los libros de la alumna, mientras que ésta editó los suyos en Norteamérica. Arendt lo respetó y lo quiso a pesar de todo. Pero ya no hubo entendimiento: optimista, frente al pesimismo heideggeriano, ella creía que los hombres podrían construir desde el diálogo la verdadera polis democrática y con ella un mundo en el que no cupiera más el desprecio al ser humano.
Antes de su propio final, en diciembre de 1975, H. A. sufrió por la muerte reciente de dos de sus seres más queridos: Jaspers y su marido. Se consolaba pensando que la muerte es el precio que hay que pagar por haber vivido. A ella la alcanzó frente a su máquina de escribir, trabajando en La vida del espíritu. De su vivir y laborar nos dejaba libros tan imprescindibles como "Hombres en tiempos de oscuridad", "Sobre la revolución" o "Entre el pasado y el futuro".
No es de extrañar, por tanto, que ella siempre se considerara más teórica política que filósofa, a pesar de su agitada formación con Heidegger y sus posteriores estudios con Jaspers. Su preferencia existencial por la "vida activa" frente a la "vida contemplativa", que tan gráficamente expresara en La condición humana, dan fe de su pasión por la dimensión ciudadana en el ser humano. Y es la pérdida de esta dimensión también la que para ella explica la caída en la barbarie totalitaria, profusa y minuciosamente explicados en Los orígenes del totalitarismo. Frente a un mundo privatizado en el que la entronización de lo "social" acaba por convertirse en el principio regulador de todas las esferas de la vida, ella eleva la "vida pública" como el único verdadero espacio de la libertad. La identidad del sujeto humano sólo es posible en una contigüidad humana entre iguales y participando discursiva y comunicativamente de las cosas del mundo común. Los valores de la libertad, la pluralidad y la comunicación intersubjetiva se convierte así en los principios reguladores de la auténtica política, una política republicana. A ella le debemos, en efecto, una de las más originales teorías políticas republicanas precursoras de lo que hoy entendemos como republicanismo político, que se condensa en esta extraordinaria declaración de principios: "Nadie puede ser feliz sin participar en la felicidad pública, nadie puede ser libre sin la experiencia de la libertad pública, y nadie, finalmente, puede ser feliz o libre sin implicarse y formar parte del poder político".
La imagen de Arendt ha ido creciendo progresivamente desde su muerte en 1975. Cada nueva generación de estudiosos ha ido encontrado en ella alguna pista para orientarse en un mundo en pleno proceso de cambio y cada vez más impenetrable a la reflexión. Puede que ello se deba a la maravillosa ausencia de sistematicidad de su obra. En un gesto poco adecuado a su tiempo, Arendt mostró siempre una enorme desconfianza hacia los sistemas de pensamiento, que para ella se sustentaban sobre una inaceptable simplificación de la realidad.

A partir del momento en que una "verdad" se arroga la capacidad de guiar nuestra acción, violentamos las condiciones elementales del espacio político. La supuesta sintonía entre pensamiento y realidad no hace sino erigirse en el sustituto de lo que en última instancia sólo cabe decidir comunicativamente a los ciudadanos.
A ciudadanos con plena capacidad de juicio político. O, lo que es lo mismo, con capacidad de trascender nuestra visión de meros espectadores incorporando de forma anticipada la posición de los otros.
Su mensaje último es que sólo podemos acceder a la libertad recuperando los presupuestos de una auténtica democracia deliberativa. No es mal mensaje para estos nuevos tiempos difíciles.

 

 

 

 

 

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