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Lo que queda de la “Revolución Azafrán”

El Papa visita una Birmania que vivió hace 10 años una esperanzadora revolución, pero en la Aung San Suu Kyi es la presidenta de un país donde se persigue a las minorías y donde el poder civil nos es más que un jarrón chino en las estanterías militares

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De antiquísimo origen, la antigua Birmania quedó sometida durante parte de la Edad Media al dominio Mongol, como otros lugares del sur de Asia. El imperialismo colonial, y las fricciones entre potencias, hicieron ver a los ingleses en Birmania, no solo un punto de control de estratégico de las rutas de entrada al mar de la China, sino un estado tapón, ante las ambiciones francesas y holandesas.

La Primera Guerra Mundial, dejó tocado el poderío ingles, muy socavado tras la Segunda Guerra Mundial por el desgaste de la guerra en la vieja potencia colonial y las intrigas japonesas, que para boicotear el poder británico, habían azuzado el nacionalismo birmano y las luchas interétnicas, ya tradicionales. Junto a ello, la penetración China durante la guerra, había fortalecido un partido comunista, bien organizado y pertrechado. Todo ello formaba un puzzle que condujo a Gran Bretaña al abandono de su colonia en 1947, en medio de una convulsión social que había degenerado en el asesinato del líder Aung San por hombres del temible U Saw, mientras el movimiento comunista crecía. En 1948, Birmania alcanzaba finalmente la independencia, bajo el mando del primer ministro U Nu, y bajo una fuerte presencia de tropas extranjeras encargadas de la pacificación y reconstrucción del territorio.

Tras un ciclo de guerras contra la guerrilla comunista, y en un país inestable, el gobierno de U Nu sucumbiría a un golpe militar en 1962, que llevaría al poder a una sanguinaria junta de generales, liderada por el general Ne Win, que en 1974 daría carta de naturaleza a su régimen mediante una constitución socialista y monopartidista. Un régimen aislacionista, que estanco la economía, nacionalizo la industria, unió los poderes legislativo, judicial y ejecutivo en el Consejo Revolucionario, e inicio una política de represión y limpieza racial, apoyada por las poblaciones afectas al régimen.

Hasta la “revolución azafrán” de hace diez años, la violencia contra el pueblo birmano ha sido continua, jalonada de la resistencia de algunas comunidades, desde las zonas fronterizas, y de algunos levantamientos, de los que el más relevante seria la revolución del 8 de Agosto de 1988, en la que morirían miles de birmanos, en su exigencia de libertad y democracia. Tras ella, tomaría el poder el General Saw Hamhung, que declararía la ley marcial, crearía el Consejo para la Restauración de la Ley y el Orden del Estado y desataría una salvaje represión que provocaría en los siguientes años la muerte de miles de birmanos y el empobrecimiento del país, no así de la clase dirigente.

Tras cambiar el nombre del país en 1989, por el de “Unión de Myanmar”, la junta militar, presionada desde el exterior, convocaría elecciones libres en 1990. Los comicios fueron ampliamente ganados por la NLD,( 396 de los 485 escaños del Parlamento) el partido de la activista por los derechos humanos y Nóbel de la Paz Aung San Suu Kyi (hija del histórico líder nacionalista Aung San, asesinado poco antes de la independencia, lo que llevo al régimen a anularlos, encerrando en su domicilio, desde entonces a la líder demócrata Aung San Suu Kyi, símbolo, aun hoy de la lucha por la libertad del pueblo birmanos.

 

 

Los 14 estados que componen la Unión de Myanmar, se encuentran en la actualidad sometidos a un férreo control por las guerrillas afines al régimen y al partido único (BSPP (Partido Birmano del Programa Socialista), que han convertido a uno de los países más ricos y prósperos de Asia en uno de los más pobres del mundo.

Hace diez años, con su líder encarcelada a sus 62 años, los monjes budistas tomaron el testigo de la lucha pro democrática. Lo que empezó como una protesta de trabajadores y estudiantes contra la subida del precio del petróleo (en uno de los países de mayor producción mundial) se ha convertido en la lucha a la desesperada de un país por su libertad.

Un ejemplo de las atrocidades del régimen son las denuncias constantes de Amnistía Internacional, en relación a la violación sistemática de los derechos humanos en el país. A principios de año, trascendió una de las prácticas, ya habituales del ejército birmano.

El comandante Myo Win ordenó a 15 pueblos del distrito de Ye la entrega de dos jóvenes por aldea. Debían ser solteras, medir más de 160 centímetros y tener entre 17 y 25 años. Un destacamento de soldados se encargó de recoger a las candidatas hasta completar la participación en lo que los generales describieron como el «pase de modelos» del Día de la Independencia. Las elegidas, todas ellas campesinas del Estado birmano de Mon, fueron conducidas al cuartel y obligadas a desfilar para los militares durante tres días en los que fueron desvestidas, vejadas y violadas. El día que regresaron a sus casas, cabizbajas y en silencio, nadie preguntó qué había ocurrido durante su encierro. Es una de las causas de un éxodo constante, que ha llevado a los países vecinos a miles de birmanos, que no huyen de la guerra o del hambre, que también, sino de los llamados “batallones de violadores”. Una practica que busca aterrorizar a los opositores, siguiendo tácticas japonesas empleadas durante la segunda guerra mundial. Aunque algunos de los ataques se producen con extrema violencia -mutilaciones, golpes e incluso asesinatos-, la mayoría se llevan a cabo utilizando simplemente el miedo como arma. Los militares suelen entrar en una vivienda o un pueblo, eligen a las jóvenes que desean tomar y amenazan al resto de los habitantes con su ejecución si tratan de impedirlo. El convencimiento de que los soldados llevarán a cabo la amenaza obliga a padres a asistir a la violación de sus hijas y a hijos a presenciar la violación de sus madres.

Aislada y empobrecida es un país donde los taxistas son ingenieros de caminos y las sirvientas tienen títulos universitarios, lo que contrasta con las mansiones y la vida desenfrenada de los generales, que copan los negocios y se han reservado en exclusiva el derecho de mantener contacto con el exterior a través de Internet o teléfonos móviles, la sociedad birmana posee pocas posibilidades de hacer frente a la opresión.

Todo ello, en una sociedad muy fragmentada y fracturada, en un país asolado por la guerra entre el régimen y los grupos étnicos minoritarios que no han firmado acuerdos de paz con el Gobierno y que siguen luchando por la independencia de sus regiones desde algunas de las junglas más remotas de Asia. Birmania es, con una población de 45 millones de habitantes dividida en 21 grupos étnicos, una de las naciones más diversas del mundo.

Hoy el desenfreno continua con una presidenta, la premio nóbel es la presidenta de un país donde se persigue a las minorías y donde el poder civil nos es más que un jarrón chino en las estanterías militares.

Imágenes APR

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